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Una guerra subterránea

Dated: agosto 9, 2006

(From H. Hernán Moraldo's personal blog)

Suelo sentir cierta aprensión a dejar las cosas que empiezo a leer inconclusas. Un libro me tiene que parecer realmente muy malo (o muy pesado) para que lo regrese a su estante si ya terminé con su primer capítulo. Además tengo siempre la idea de que en la próxima página se puede encontrar esa idea interesante que me persiguirá durante los próximos años, que me conducirá a preguntas interesantes, a respuestas sorprendentes. Etcétera. Etcétera es una linda palabra también.

El subte es un poco compañero... a veces traicionero, a veces pesado, pero en general simpático en ese trajín semi cotidiano por la capital que me resultaría insoportable por otros medios (excepto caminando). A veces me cansa, y entonces me bajo en medio de un viaje a sentarme, a caminar, o simplemente a esperar el próximo tren.

En una de esas breves interrupciones en un viaje de regreso tras un día de esos que empiezan a horas extravagantes, me llevé la sorpresa de encontrar un ejemplar del suplemento Ñ, en un puesto de revistas un día miércoles, donde una señora atenta dice que "los consigo más tarde para tenerlos toda la semana", y cierra su frase con la extraña frase de "los guardo porque sé que ustedes los buscan".

Un poco perplejo e intrigado por saber quiénes son esos ustedes, si es que existirá una logia secreta de buscadores de eñes que recorren la ciudad en días de semana, para los cuales existe un secreto escondrijo en donde fuera de los habituales sábados y domingos también hallan el cobijo de páginas de diario a color, empiezo a hojear el ejemplar.

Me lleva un rato encontrar la frase que salvará la suerte de leer por completo este eñe, una frase que me parece de vuelo literario, que habrá que debérsela a Oscar Terán, en su nota "El origen de la tragedia argentina":

"Allí nos recibió la noche abierta, una noche de invierno creo que lluviosa e indiferente como siempre a los crueles enfrentamientos de los seres humanos"

La nota además es muy interesante, y vívida, y deja un cierto aire a El Eternauta también, no sé del todo por qué.

De cualquier modo, superado este paréntesis se da el acontecimiento que originalmente me proponía narrar en este fragmento. Acabo de revisar una nota sobre un libro llamado Ómnibus que parece promisorio, cuando vaya a saber uno entre qué conexiones mentales llega el siguiente subte y frena, y delante mío se abren las puertas impacientes del vagón, desde dentro del cual me reciben las miradas lejanas de rostros desconocidos, muchos rostros, muchos muchos.

Entro en el vagón mientras pienso: "en este tren hay mucha mucha gente, toda esta gente tiene una experiencia acumulada increíble, miles de años o más de conocimiento acumulado por la humanidad".

En mi cabeza toma forma un suceso hipotético fantasmal, poderoso, revolucionario.

Los viajantes del subte se unen en secreto, intercambian sus experiencias y conocimientos y se convierten, de algún modo inesperado, en un único organismo dispuesto a la dominación mundial. Es mucha gente, son muchos pensamientos, es una organización perfecta, perversa e inteliente. El triunfo sucede de manera implacable.

Por un instante, sorprendido en mi ficción de subte, me encuentro atrapado con el enemigo, el voluminoso y ajeno enemigo que todo lo sabe, que todo lo quiere, para el que no existen obstáculos.

La fantasía dura poco, y prosigo por supuesto con la lectura de mi Ñ. Cuando lo termine proseguiré con ese libro horrible que no sé por qué compré (pero que tiene algunas ideas buenas), y cuando termine con ése volveré ansioso a otros tomos que seguramente vaya a disfrutar mucho más.

Cuando llego a Correo Central, descubro la otra cara de mis pensamientos. En la plaza, muchos colectivos transportando innumerables personas parecen esperar el día de la revancha subterránea.



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